domingo, 13 de febrero de 2011

Gran estirpe hay de maestros andinos

Por Danilo Sánchez Lihón

1. Embates y desafíos

Si aún viviera el maestro puneño José Portugal Catacora, hoy día 13 de febrero cumpliría 100 años de vida.

En esta oportunidad lo recordamos fervorosos por su pertenencia a una estirpe de maestros que hicieron de la educación una profesión de fe, de consagración al Perú y a su identidad andina, a su desvelo por el niño en situación de riesgo y amenaza, por situar el cimiento de su quehacer en la realidad que tenían que comprender y transformar, por su devoción a las culturas nativas y el ahínco puesto en forjar una patria y un mundo mejor.

Es de aquella estirpe de maestros que desde la situación más humilde se elevaron a las posiciones más expectantes del quehacer intelectual y del acontecer nacional, quienes desde una vida en donde todo parecía adverso se encumbraron hasta ser adalides de cambios y transformaciones de fábula, quienes desde las provincias se erigieron para conquistar la capital del Perú refinada, aristocrática y señorial, y desde allí impusieron una concepción más coherente y fiel con el Perú profundo.

Para irradiar como intelectuales, académicos, hombres de letras, autores de obras literarias, didácticas o de reflexión, o ya sea como funcionarios, un magisterio que a la luz de la inteligencia agregaban valores fundamentales para ser coherentes con el Perú sufrido: la honestidad como conducta, la fe en el Perú como esencia y el coraje para defender el mundo andino como la clave de nuestro ser, por ser este un mundo de fervor, de mística y por la capacidad de resistencia para afrontar embates y desafíos.


2. La infancia y su destino

José Portugal Catacora superó una vida condenada a la marginalidad y a la inopia, al ostracismo y lo disoluto, quizá a la trasgresión y hasta el delito; para ser un maestro de grandes visiones, trascendentales decisiones a su cargo y enormes responsabilidades bajo su tutela.

Es de aquella estirpe de maestros que unieron pedagogía a literatura, la ciencia y el arte, la realidad y la utopía, lo profesional a la lucha y al activismo social. Es un abanderado de la defensa del niño y sus derechos, principalmente del mundo de su imaginación; de su dimensión mágica donde es posible encontrar nuestra esquiva y turbada identidad, de alejar más las teorías e informaciones y de vincularnos con él más en la dimensión del afecto y del corazón.

Tuvo una dedicación muy grande hacia la infancia y su destino, hecho que se grafica en los múltiples libros dedicados a su aprecio y valoración. Y así como a él a las tradiciones, a las leyendas, al folclore de los pueblos, a las poblaciones indígenas sojuzgadas y desfavorecidas; a todo lo que fuera defensa del débil y desprotegido, ligándose con devoción a las culturas de los pueblos y a sus reivindicaciones sociales.

De repente su gestión como funcionario puede que sea discutible, ¡interfieren tanto los intereses creados! Pero finalmente lo importante queda en sus libros, en sus obras como huellas, testimonios y vestigios de sus reflexiones y enseñanzas, las mismas que nos enaltecen por mostrar siempre lo que edifica y es valioso aunque cueste defenderlo.


3. Irradiar la luz

Ese era José Portugal, quien tuvo el mérito de elevarse desde lo abrupto, lo escarnecido y condenado a no rendir frutos, para luego tenerlos exquisitos y saber prodigarlos.

Es de la estirpe de los grandes maestros andinos como: Germán Caro Ríos, Telésforo Catacora, José Antonio Encinas, César Guardia Mayorga, Antenor Orrego, Julián Palacios, Emilio Romero, Carlos Uceda Meza, Luis E. Valcárcel. O lo es el propio César Vallejo o como lo es José María Arguedas con quien era entrañable amigo con quien se visitaban frecuentemente en sus respectivas casas.

Representó al Perú en importantes certámenes internacionales y tuvo una actuación destacada en países como Puerto Rico y México. Fue coordinador Pedagógico de las Direcciones Regionales de Educación, entre los años 1963 y 1964 y coordinador de la Dirección General de Educación, de 1965 hasta su jubilación en el año 1967. Pero ¿quién fue? ¿Cómo nació? ¿Qué valor tiene?

Para graficar estos hechos de resiliencia en su vida, que es felizmente el ejemplo más constante y glorioso del Perú doliente, contaré algunas circunstancias de su vida que le tocó enfrentar y el supo vencer.

Para elevarse hasta el nivel en el cual se desempeñó e irradiar la luz que su antorcha expande, tuvo que superar dificultades y adversidades muy duras, siendo su nacimiento el que de alguna manera lo grafica.


4. Relámpagos y truenos

Acerca de cómo nació es simbólico y representativo en su vida, hecho que ocurrió justamente un día como hoy, hace 100 años. Y aconteció así:

En febrero en el altiplano llueve de tal modo que pareciera que el río que pasa por el cielo se ha roto y cae todo su caudal sobre el techo de nuestras casas o sobre nuestras cabezas, si vamos por los caminos. Sin embargo es el mes en que se barbecha la tierra para cultivar la papa.

Su madre encinta de nueve meses y pese a que había mal tiempo tuvo que ir necesariamente a ver el trabajo en su aynoga.

Nadie más había en casa que pudiera cumplir esta labor. Montó en su yegua negra utilizando una sillonera de montar que le facilitaba de algún modo ir en la acémila en la situación en que estaba.

Regresaba con un fuerte temporal de lluvia, viento y relámpagos. Traspuso la puerta de entrada y entró al patio de la casa, bajo la lluvia y la tempestad que azotaba.

Entró y al descender de la acémila resbala y cae, pero felizmente en cuclillas. Sin embargo, por la brusquedad del golpe y estando el niño ya acomodado para nacer, éste cayó en el suelo, en el agua helada de la lluvia, en la tierra mojada y hecha barro. Y que en esos momentos era sacudida por una descarga de relámpagos y truenos.


5. Y estés indefenso

Mientras la mayoría vienen al mundo, aunque pobres, entre gasas y algodones, entre suaves franelas, sedas y tejidos de lana abrigadora, él cayó al barro.

– ¡Dios mío! ¡Mi hijo! –Gritó su madre.

Manoteó y de allí del barro fue recogido, del charco de lluvia adonde había caído.

En esa precariedad de la naturaleza nació, felizmente amparado y protegido de inmediato por lo mejor que tenemos en la vida: la madre. Pero ella también lo abandonó muy pronto, cuando aún no había cumplido ocho años, al morir de tifus exantemático, dejándolo huérfano en la vida.

Este nacimiento y su infancia truncada ilustra su vida en donde tuvo que afrontar adversidades, debiendo trabajar desde muy pequeño, cuando su progenitor le dice un día: que a su edad también murió su padre, defendiendo al Perú en la guerra con Chile, que él de niño tuvo que mantener incluso a su abuela, y terminó diciéndole, confiesa él:

“Que me fuera de casa en busca de mi sostenimiento. Aquella actitud de mi padre me hirió profundamente. Esa mañana deambulé por las calles atormentado y sumido en el desconcierto”.

Y no encontró apoyo ni estímulo ni en Akora, donde nació, ni en Puno adonde huyó. Y eso es muy grave, porque se puede caer en el barro y la lluvia y levantarse. Lo difícil es que tu madre muera y estés indefenso. Y lo terrible es que tu padre termine botándote de casa.


6. Oscuridad, frío y silencio

Tuvo que trabajar desde niño y recibir el maltrato y discriminación por ser hijo del pueblo, cobrizo, con los pómulos salientes y los labios abultados, sin hogar ni padres que siquiera con su voz te defiendan. No están contigo. Él por eso es producto de su empeño, de su esfuerzo y su anhelo de superación. Quizá lo grafique así el siguiente pasaje de su vida:

Luego que ingresara a la Escuela Normal de Puno en 1928, con la nota mínima de once y después de muchos avatares, se festejó el Día del Árbol y salió sorteado para hacer la composición alusiva y leerla en el acto público.

Escribe el texto que revisa y aprueba su profesor Julián Palacios. Lo repasa una y otra vez y ensaya esmeradamente para decirlo en el escenario, en la actuación de aquel día.

Ante la expectativa general del público, no pudo articular palabra alguna. Lo intentó una y otra vez. Los nervios lo traicionaban. Y terminó bajando la escalinata, sintiendo vergüenza y humillación, entre silbatinas y abucheos del público en general. Para la Escuela Normal fue un momento deshonroso y una afrenta. Sus propios compañeros no terminaban de pifiarlo y hacer escarnio de su ineptitud.

Se acercó uno de los profesores y sin cuidar que los demás no oyeran, le dijo:

– No sirves para maestro. Un maestro tiene que hablar en público. Tendrás que retírate de la Escuela Normal.

A partir de entonces no podía conciliar el sueño. Se levantó a media noche, en plena oscuridad, frío y silencio. Y fue al sitio donde habían ocurrido los sucesos.


7. El viento batía sus hojas

Era una noche lóbrega. El viento silbaba y todo le parecía amargo y atroz. Pero en esa desolación y vastedad, en esa situación despiadada y horrenda encontró al arbolito que habían plantado con motivo de la ceremonia de festejo y homenaje por el Día del Árbol y que el viento en esos momentos sacudía feroz e inclemente.

Le pareció una infamia que se lo hubiera plantado en ese lugar frío y desolado. Y pensó que la plantita iba a marchitarse y morir esa noche por la helada.

No fue así. La segunda noche que se levantó a deambular por ese sitio el arbolito estaba en pie, luchando por sobrevivir y hacerse un lugar en el mundo, no importando que él fuera un paraje desolado.

Y cada noche se levantaba pensando que el arbolito de repente había fenecido entre tanta desolación, bramido y ventisca. Que ya estaría tumbado a un lado y si es posible no habría rastro de que hubiera existido. Y no podía estarse tranquilo ni dormir, hasta levantarse, verlo y estar a su lado.

Le parecía increíble que estuviera y siguiera en pie, que hubiera sobrevivido a la primera noche y en las siguientes entre el cierzo y la helada, esa plantita mínima y raquítica, afrontando tremendo frío, oscuridad y abandono, sin ninguna otra planta cerca que lo cobije, sin madre que lo apoye igual que él en el mundo, solo, sin nada ni nadie, resistía. El árbol, sin embargo, dejaba que el viento le batiera sus hojas.


8. Al lado del árbol

Acercó su mano, lo acarició y abrazó diciéndole que por él juraba, a partir de entonces, superar su miedo de hablar en público; y le prometía hacerse un orador de multitudes.

Y esbozó en decir estas palabras:

– ¡Niños! ¡Niños! El Perú es un país hermoso, que debemos descubrir, rescatar y amar con toda nuestra alma.

Empezó diciendo eso de pie, aplomado como nunca pero en plena oscuridad. Sintió que su voz era cálida, que resonaba bien en esa oscuridad, en esa soledad y en ese vacío.

Y todas las noches empezó a salir y ensayar a hablar en público. Se figuraba que allí estaba íntegro el auditorio de aquella vez en la cual terminó humillado.

Se levantaba a medianoche y en el inmenso patio, teniendo como referente, tribuna y cómplice, el árbol que parecía atenderlo aquietando sus hojas, practicó a decir su palabra en público. Aprendió a elevar su voz, a dejar que sus ideas fluyeran libres.

Y todos sus ensayos terminaban diciendo:

– ¡Niños! ¡Niños! El Perú es un país hermoso, que debemos descubrir, rescatar y amar con toda nuestra alma.

Y cada noche que salía a practicar oratoria en ese campo desolado al lado del árbol que cada día cobraba mayor robustez, le sorprendía que el árbol cada día estuviera más fuerte y hasta más alto. Y tuviera más hojas. Y esto lo alentaba a ensayar y a ejercitarse en el arte de la oratoria.


9. Oratoria de multitudes

Para el Día de Aniversario de la Escuela Normal, el animador de la ceremonia, matizando el programa oficial, preguntó si alguien quería expresar algún saludo o decir algunas palabras alusivas a la fecha.

Él se puso de pie, con el asombro de sus compañeros y profesores, presentes en la anterior vez. Y salió al escenario. Se produjo un silencio absoluto. No creían en lo que veían y escuchaban.

Un aplomo, una voz resonante, expresiones precisas y cabales. Y una estructura de ideas extraordinariamente bien proclamadas por aquel joven que había sido abucheado semanas antes, siendo aquella vez objeto de burlas, insultos y mofas.

En cambio esta vez era aplaudido con entusiasmo y su profesor Julián Palacios y algunos de sus compañeros, aplaudiendo efusivos, se ponían de pie.

Miles de discursos se sucedieron después. Por el modo de impactar con su oratoria de multitudes fue calificado como el Víctor Raúl Haya de la Torre del Sur del Perú.

Y en el auditorio del Instituto Pedagógico de México después de la sustentación de su conferencia fue aplaudido durante 180 segundos, tres minutos, por un público fervoroso.


10. Se estrellaban en los vidrios

El prestigio que había ganado irradió tanto que cuando el gran historiador Jorge Basadre asumió la cartera de educación lo hizo llamar para que, viniendo desde su provincia, en 1958, se hiciera cargo de la dirección técnica de la Educación Primaria, a nivel nacional.

Siendo así tuvo que hacerse cargo del siempre amargo y enojoso proceso de evaluación de maestros en un concurso público para ocupar plazas de nombramiento.

Se presentaron 4000 maestros para apenas 100 plazas. Muchos aprobaron pero no pudieron hacerse acreedores a ningún puesto de trabajo.

Cuando regresaba a su oficina después de almorzar había una manifestación frente al local que él dirigía, acto de protesta en el cual los lemas eran improperios lesivos y ofensivos hacia su persona:

José Portugal
aquí te arrojamos un real.

Y tiraban esa clase de monedas a las ventanas de su oficina, las mismas que se estrellaban en los vidrios y rebotaban a los pies de los mismos manifestantes, quienes las recogían y volvían a arrojarlas.


11. Los había arengado

Él se sumó a la masa de los que protestaban, y a la gritería general. Y cada vez se fue animando más en la manifestación, hasta que en un determinado momento era el que más vociferaba en contra suya.

Resultó siendo el centro, alrededor del cual la gente se unía para hacer más enfático su reclamo. Hasta que en un momento incluso se puso adelante y alentaba a gritar:

José Portugal Catacora
con nuestra plata tu garganta se atora

Y expresiones como: “Director incapaz”, “Servil del gobierno”. “¡Afuera ineficaz!

Finalmente, después de desahogarse un rato hizo señas de que ya regresaba.

Y se escabulló para dar la vuelta y pasar a su oficina.

Se sintió relajado y contento de la tensión en que lo sumían hechos como este.

Pero pronto los profesores exigieron hablar con el director, buscando desesperadamente y por todos lados, y hasta el último minuto, a ese profesor alto y cenceño que los había arengado.


12. Está bien

Con él se sentían bien representados y en quien reconocían una natural pasta de líder. ¡Caramba! Pero, ¿dónde está?, ¿dónde se ha metido? No aparecía por ningún lado, pero tampoco podían esperar más.

– El director ya los espera. Pasen. –Dijo la secretaria. Y pasaron. Pero aún en ese tramo mirando afuera, para ver si llegaba aquel colega que tanto los había alentado.

Ingresa la comisión y cual no sería su asombro y sorpresa al reconocer y encontrar en el director al líder que hacía un momento los había estado incitando y arengado.

Y le preguntaron boquiabiertos:

– Disculpe, señor, ¿no es usted el mismo que ha estado afuera en la manifestación y arengándonos?

– Sí claro, soy yo, el mismo.

– Y si usted es el director, contra quien nosotros estamos protestando, ¿por qué usted nos alentaba tanto afuera?

– En primer lugar no lo hacía por burlarme, sino porque ustedes tienen razón. Porque creo en que todo lo que ustedes están reclamando y es la razón de su protesta. Lo hacía de todo corazón y con la plenitud de mi conciencia, con respeto y honestidad de que lo que piden está bien.


13. Así de noble

– ¿Entonces?

– Sí afuera gritaba y tenía razón, ahora quiero que escuchen y se percaten de cuáles son las razones de aquí adentro. Afuera los apoyo. Así como quisiera que ustedes me apoyen conociendo los problemas desde dentro. Porque hay dos verdades. Hay una verdad desde afuera y hay una verdad desde adentro.

– No entendemos, profesor.

– Hay dos maneras de mirar la realidad: Hay una verdad desde afuera y hay una verdad desde adentro. En la verdad de afuera como maestro los he apoyado. Ahora quiero que ustedes me escuchen, me comprendan y me apoyen en la otra versión, cual es la verdad desde adentro.

Y les explicó la verdad de las cosas desde las limitaciones del presupuesto y desde las directivas y normas, desde lo que es ser gobierno.

Los profesores entendieron el problema, aceptaron las explicaciones y salieron tranquilos, explicaron a sus compañeros. Y días después el profesor José Portugal Catacora fue invitado a un agasajo de desagravio y de reconocimiento en su labor.

Así de noble es el maestro en el Perú. Y así es de contradictoria nuestra realidad.


14. Intuir aquella esperanza

Hace unos años tuve el honor de ser vocero y portador del homenaje en vida, de un grupo de especialistas en literatura infantil, interpretando el sentir del maestro peruano.

Decidimos homenajear al profesor José Portugal Catacora otorgándole una medalla y Diploma al Mérito de reconocimiento a su labor promotora de la creación literaria de los niños del Perú.

Este fue un acto público muy concurrido realizado en el Club Ancash, actividad que estuvo a cargo del Instituto del Libro y la Lectura del Perú y en el marco del Proyecto Internacional “Te regalo un sueño”, PIALI, con sede en México. En aquella oportunidad en su discurso de agradecimiento expresó:

“Alguien ha dicho con sutil y profunda ironía que el niño es la verdad con la cara sucia, la sabiduría con el pelo desgreñado y la esperanza del futuro con una rana en el bolsillo. ¿Sabemos algo de esa verdad? ¿Poseemos algo de esa sabiduría? ¿Somos capaces de intuir aquella esperanza?


15. Beber de su manantial

Y continuó diciendo:

“Cuando alguien escribe la historia del niño, podremos ver cuan injusto ha sido el hombre con el niño de todos los tiempos y de todos los pueblos del mundo. Y entonces, y solo entonces, podremos comprender el origen de los tremendos males que aquejan a la humanidad de nuestro tiempo”.

Hablaba indudablemente de sí mismo, porque ¡cuán injusto fue el mundo contra él cuando fue niño!

Pero él mismo es el ejemplo del Ave Fénix que revierte lo adverso en propicio.

Y se levanta en vuelo supremo. Y se eleva por los aires en vuelo infinito, cuando se está tocado por un designio grandioso qué cumplir.

Como él lo cumplió para bien de nuestra educación y del maestro a partir de cuya existencia y desempeño tienen a un referente al cual acercarse y beber de su manantial.

Y hasta quizá en esto esté la fortaleza de lo que significa ser un niño.

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